Cuando un ser humano nace como mujer, la sociedad le impone toda la carga cultural imperante, lo que determinará cómo se desarrollará su vida, entonces es importante reconocer qué incorporará esta mujer en su aprendizaje, qué creencias desarrollará, qué aspiraciones y por lo tanto, entonces, cuáles serán sus aspiraciones y hasta sus limitaciones.
Algo que es necesario reconocer es cómo esta el nivel de la autoestima femenina, porque esta se convertirá en su fortaleza o en su debilidad, pero no debemos lamentarnos como mujeres que somos, y dejar que la huella del aprendizaje cultural, limite nuestras vidas.
Hoy quiero compartir un relato que seguro propiciará una gran reflexión y claro, espero que el compromiso personal para poder mejorar como personas, por eso debemos recordar que actualmente vivimos en el siglo XXI, en la era del conocimiento y de la tecnología, incluso en el momento histórico en el que se sostiene la Equidad de Género, entonces cada mujer debe asumir la responsabilidad de cambiar, pero para mejorar.
Bueno lo prometido es deuda, y entonces aquí te presento un relato muy interesante que se titula:
“LAS NUEVE VACAS”
En cierta ocasión arriban a una isla perdida en el Pacífico,
desembarcan y se van al pueblo para aprovechar las pocas horas que
van a permanecer en tierra. En el camino se cruzan con una
mujer que está arrodillada en la orilla de un pequeño arroyo lavando ropa. Uno
de ellos se detiene y le dice al otro que lo espere, que quiere conocer y
conversar con esa mujer. El amigo, al verla y notar que esa mujer no es bonita,
le dice que para qué, si en el pueblo seguramente van a encontrar chicas más
lindas y divertidas que esa.
Sin embargo, sin escucharlo, el primero se acerca a la mujer y
comienza a hablarle y preguntarle sobre su vida y sus costumbres. Le
pregunta cómo se llama, qué es lo que hace, cuántos años tiene, si
puede acompañarlo a caminar por la isla…
Aún en ese caso, el pretendiente debe hablar primero con su padre, que
es además el jefe de la comunidad. El hombre la mira y le dice:
- Está bien. Llévame ante tu padre. Quiero
casarme contigo.
El amigo, cuando escucha esto, no lo puede creer. Piensa que es una
broma, un truco de su amigo para entablar relación con esa mujer. Y le dice:
- ¿Para qué tanto lío? Debe haber cantidad de mujeres más lindas en el
pueblo. ¿Para qué tomarte tanto trabajo?
El hombre le responde:
- No es una broma. Me quiero casar con ella.
Quiero ver a su padre para pedir su mano.
Su amigo, más sorprendido aún, insiste:
- ¿Estás loco? ¿Qué le viste? ¿Qué te pasó?
¿Estás borracho? Quizás el sol de alta mar te hizo daño.
Pero el hombre, como si no escuchase a su amigo, sigue a la mujer hasta
el encuentro con el jefe de la aldea. El hombre le explica que había llegado
recién a la isla, y que viene a manifestarle su interés de casarse con una de
sus hijas. El jefe de la tribu lo escucha y le dice que en esa comunidad la
costumbre es pagar una dote por la mujer que se elige para casarse. Le explica
que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las bondades de
cada una de ellas: por las más hermosas y jóvenes se debe pagar el precio de
nueve vacas; las hay no tan hermosas y jóvenes, pero excelentes cuidando niños,
y esas cuestan ocho vacas. Tiene más hijas, y el valor de la dote va
disminuyendo según ellas tienen menos virtudes.
El visitante le explica que entre sus hijas ya ha elegido a una que vio
lavando ropa en un arroyo, y el jefe le dice que esa mujer, por no ser
agraciada ni joven, le costaría tres 3 vacas.
- Está bien –responde el hombre-, me quedo con la mujer que elegí y
pago por ella el precio de nueve vacas.
El padre de la mujer, al escucharlo, le dice:
- Usted no entiende. La mujer que eligió cuesta tres vacas. Son mis hijas
más bellas y jóvenes las que cuestan nueve vacas.
- Entiendo muy bien –responde el hombre-, y me quedo con la mujer que elegí
y pago por ella nueve vacas.
Ante la insistencia del hombre, el padre, pensando que siempre aparece
un loco, acepta, y de inmediato comienzan los preparativos para la boda, que ha
de realizarse lo antes posible a pedido del forastero.
El amigo de este no puede creer lo que oye al enterarse de la historia.
Piensa que el hombre ha enloquecido de repente, que se ha enfermado, que se ha
contagiado de alguna extraña fiebre tropical. No acepta que una amistad de
tantos años se termine en unas pocas horas, pues así entiende que ocurrirá
cuando él se marche en el barco y su compañero se quede en esa islita perdida.
Finalmente, la ceremonia se realiza, el hombre se casa con la mujer
elegida, su amigo es testigo de la boda y a la mañana siguiente éste parte en
el carguero, desde cuya cubierta saluda al borde de las lágrimas a su amigo de
toda la vida, que agita su mano derecha desde la orilla. El tiempo pasa, el
hombre en el barco continúa recorriendo mares y puertos, y siempre recuerda a
su amigo y se pregunta qué será de su vida.
Un día, el itinerario de un viaje lo lleva al mismo puerto donde años
atrás se ha despedido de su entrañable amigo. Se siente ansioso por saber de
él, por verlo, abrazarlo, conversar y saber de su vida.
Así, en cuanto el barco amarra, salta al muelle y comienza a caminar
apurado hacia el pueblo, mientras piensa ¿dónde estará su amigo?, si ¿seguirá
en la isla?, si se ¿habrá acostumbrado a esa vida o tal vez se habrá ido en
otro barco?.
Rumbo al pueblo, se cruza con un grupo numeroso de personas que viene
caminando en sentido contrario a él por la playa, en un espectáculo magnífico.
Entre todos, llevan en alto, sentada en algo similar a un trono, a una
mujer bellísima. Los caminantes cantan hermosas canciones y obsequian flores a
la mujer, quien a su vez les arroja pétalos y guirnaldas.
El caminante se detiene y lo observa todo, admirado por la belleza del
espectáculo y, sobre todo, de la mujer. Sólo reanuda su marcha cuando el
cortejo se pierde de vista en la lejanía.
A poco de andar, encuentra a su amigo. Se saludan y abrazan de modo
interminable, llenos de emoción y alegría. El viajero comienza a hacer
preguntas casi sin detenerse a respirar entre una y otra:
- ¿Cómo te fue? ¿Te acostumbraste a vivir aquí? ¿Te gusta esta
vida? ¿No quieres volver?
Hace una pausa, y al fin se atreve a preguntarle:
- ¿Y… cómo está tu esposa?
Sonriendo, su amigo le responde:
- Muy bien, espléndida. Es más, supongo que por la dirección desde la
cual te vi llegar, tienes que haberte cruzado con ella en tu camino. Era
llevada en andas por la playa por un grupo de amigos que celebra su cumpleaños.
¿No viste el cortejo?
El visitante, al escuchar esto, recuerda a la mujer insignificante con
la que años atrás se casó su amigo, y tras un silencio incómodo se atreve a
preguntarle:
- ¿Te separaste? Vi el cortejo, y a la mujer, pero
quizás no recuerdes que estuve en tu boda y esa no es la misma con la que te
casaste.
Su amigo suelta una carcajada, y responde:
- Mi memoria es excelente, no me separé ni me casé
en segundas nupcias, y sí, la que te cruzaste ahora es la misma mujer con la
que me viste casarme.
- ¡No puede ser! – Exclama el
otro hombre, que no puede ocultar su desconcierto pese a que con sus palabras
cometa una imprudencia-. Esta mujer es increíblemente hermosa,
femenina, sensual, simpática… ¿Cómo va a ser la misma? ¿Ha ocurrido algún
milagro para transformarla de ese modo?
- Algunos lo llamarían de esa manera, pero en
realidad lo que sucedió es algo muy simple. Cuando solicité su mano, su padre
me pidió como dote el equivalente al precio de tres vacas por ella. Hasta
entonces, ella creía que eso era lo que valía: tres vacas. Pero yo pagué por
ella el precio de nueve vacas, incluso tuve que insistir para que su padre lo
recibiera, pues creía que yo estaba loco. Luego la traté y consideré siempre
como una mujer cuyo valor era el de nueve vacas. La amé como a una mujer cuya
dote era de nueve vacas. Y ella… ¡sencillamente se
transformó en una mujer de valor equivalente al de nueve vacas![1]



